vendredi 11 septembre 2026
MERCENARISMO SIGLO XXI Y JOVENES COMO CARNE DECAÑON. (Por: Héctor Día Revelo) Lo dije y lo repito. Aunque siguen celebrando el pago del salario mínimo a los soldados, a los jóvenes soldados; a los soldados salidos de familias pobres; a los jóvenes sin oportunidades que caen en las garras del sistema militar y policial; estos incautos y politiqueros jamás podrán reparar el dolor de las madres al ver sus hijos jóvenes muertos envueltos en la bandera de Colombia.
Que sigan celebrando esto como la gran obra del gobierno es poco menos que una invitación a los jóvenes pobres o de familias pobres para caer en las brasas de una arremetida criminal que juró en campaña "destripar" a sus adversarios.
Esto es una suerte de mercenarismo que convierte el teórico "servicio a la patria" en una forma de vida, de muerte, lo digo con todas sus letras. Cientos de jovenes han sido llevados al cadalso una vez cumplían los 18 años o terminaban el bahcillerato, con el cuento del "servicio a la patria" sin esperar pago alguno en dinero. A veces se conformaban con algo para el cepillo de dientes o en un dia de asueto tomarse un cafe con empanadas. Pero esto de pagarles un salario minimo se sale de todo cálculo que sin duda cae en un mercenarismo de nuevo cuño.
Salario mínimo a soldados tal cual la mafia reclutaba jóvenes iletrados y de familias pobres; tal cual la hordas paramilitares copaban sus filas; y sin contar las llamadas empresas de seguridad que pululan de aquí para allá con salarios de hambre, no es sacar a los pobres de la pobreza ni sacar a los jóvenes de la guerra. Son embustes.
El verdadero fracaso de una sociedad no es que un joven pobre termine siendo un pobre soldado; es que la pobreza le haya dejado tan pocas alternativas que esa sea una de las únicas puertas que encuentra: Un fusil. Los jóvenes no deberían ser la carne de cañón.
Porque antes que soldados son jóvenes. Y antes que servidores armados del Estado son ciudadanos con derechos, con familias, con sueños, con la posibilidad - que debería ser irrenunciable - de escoger libremente qué hacer con sus vidas.
El problema no es que un joven soldado reciba un salario. El problema es que para demasiados jóvenes pobres el Estado sigue llegando tarde y casi siempre con un uniforme puesto.Llega el Ejército, llega la Policía, llega una empresa de vigilancia que ofrece un salario miserable o aparece cualquier estructura ilegal que promete dinero y una salida inmediata a su pobreza.
Lo que no llega con la misma fuerza es la universidad, el empleo digno, la formación técnica, la cultura, el deporte, la vivienda, la posibilidad de construir un proyecto de vida sin tener que aprender primero a disparar, a matar. Ahí está el verdadero manoseo de nuestra juventud.
Durante décadas, Colombia ha convertido la pobreza juvenil en una reserva casi inagotable de combatientes. Las mafias reclutan muchachos de barrios olvidados y familias humildes. Las estructuras paramilitares hacen lo propio. Las guerrillas también encuentran en la marginalidad un terreno fértil para llenar sus filas.
Y alrededor de la guerra creció además una extensa industria de seguridad privada que, demasiadas veces, ofrece a quienes tienen menos oportunidades empleos precarios, salarios de hambre y ninguna garantía de futuro. Sobre todo turnos inhumanos propios de inolvidables jornadas extenuantes sin horas extras y periodos de 24 horas por 12 (Cooperativas Convivir de la era Uribe Velez).
Cambian los uniformes, cambian los patrones, cambian los discursos y cambian los gobiernos. Pero permanece la misma desigualdad: el hijo del pobre sigue siendo quien pone el cuerpo. Los hijos de los ricos se lamen de contentos al ver a los otros defender sus privilegios.
Sacar a un joven de la pobreza no consiste únicamente en pagarle por arriesgar la vida. Consiste en garantizarle que pueda elegir entre muchas vidas posibles. Porque también hay una pregunta que nadie debería atreverse a esquivar: ¿Cuánto vale la vida de un muchacho cuando una madre recibe su cuerpo envuelto en la bandera de Colombia? ¿Puede un aumento salarial reparar ese dolor?
¿Puede cualquier discurso político devolverle a una familia al hijo que salió de su casa vestido de uniforme y regresó dentro de un ataúd? Que nadie tergiverse la discusión.
Lo que resulta inaceptable es que la pobreza termine funcionando como mecanismo silencioso de reclutamiento: Que un muchacho pobre acepte un fusil porque no encontró un libro. Que un pobre se ponga un uniforme porque no encontró una universidad. Que un joven excluido se incorpore porque en su barrio no apareció una oportunidad distinta, no es movilidad social. Es la administración de la desesperanza.
La deuda con la juventud colombiana es mucho más antigua y mucho más profunda. La derecha y los gobiernos de todos los colores y las élites económicas deberían responder por una sociedad que durante décadas ha tolerado que los jóvenes de los sectores más pobres sean reclutados para la guerra, por las mafias o por empleos indignos y por el Estado mismo. Que nadie pretenda que con eso se ha derrotado la pobreza.
La verdadera victoria es sin duda que un joven colombiano pudiera escoger su futuro sin que la pobreza escogiera por él. Que pudiera ser soldado porque quiera serlo, y no porque no encontró otra puerta. Que pudiera ser policía porque esa es su vocación, y no porque necesita desesperadamente un ingreso.
Que, mejor, pudiera estudiar, crear, investigar, trabajar, escribir, hacer música, practicar un deporte, emprender o simplemente imaginar una vida distinta sin que la ausencia de oportunidades lo empujara hacia un fusil, hacia un uniforme, una empresa de seguridad, una organización criminal o una guerra que otros decidieron por él.
Porque mientras a los jóvenes pobres se les siga ofreciendo como horizonte principal un fusil, un uniforme o un salario, seguiremos confundiendo una dádiva con un derecho y una oportunidad con una forma más elegante de reclutamiento.
Y Colombia seguirá llamando "progreso" a una tragedia que las madres conocen demasiado bien. Allí están las madres de Soacha, las madres de los jóvenes asesinados en los mal llamados falsos positivos, las madres de los masacrados en las comunas de Medellín y los muertos en el marco del estallido social.
La juventud pobre no necesita que la utilicen para ganar elecciones, alimentar guerras o fabricar triunfos políticos. El camino del mercenarismo oficial raya con el mínimo respeto a un país ensangrantado por décadas en defensa de intereses de unos pocos.
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